El acuerdo firmado entre Israel y Líbano, facilitado por la mediación estadounidense, plantea convertirse en uno de los pilares en la negociación Washington-Teherán que busca regresar la estabilidad a Medio Oriente; sin embargo, el rechazo de Hezbolá a los detalles del convenio y las intenciones del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, de utilizar el despliegue de Fuerzas Armadas como su principal tema de campaña, amenazan con frustrar los alcances planteados por Estados Unidos.

La extensión hacia Líbano del cese al fuego entre Washington y Teherán es una de las principales exigencias del régimen iraní para continuar el proceso de diálogo. En respuesta a ello, la Casa Blanca facilitó negociaciones entre el gobierno libanés y su contraparte israelí que resultaron en un acuerdo que obliga a Beirut a desarmar a Hezbolá, la milicia fundamentalista financiada por Irán, como condición de la salida de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) del territorio Libanés.

Washington se inserta como una pieza clave en el acuerdo al impulsar la creación del Grupo de Coordinación Militar para Líbano, una iniciativa tripartita que busca fortalecer las capacidades de las Fuerzas Armadas libanesas para que éstas puedan efectuar el desarme del grupo terrorista, para lo que se aportarán 30 millones de dólares, al mismo tiempo que funcione como una herramienta de verificación en la que las autoridades israelíes puedan confiar.

En noviembre de 2024, tras un año de hostilidades entre Hezbolá y las FDI, se llegó a un acuerdo que exigía que el grupo terrorista depusiera las armas a cambio del fin del conflicto; sin embargo, los pocos avances en el proceso de desarme motivaron a Israel a continuar ejecutando ataques contra los liderazgos de la milicia chiíta.

El actual acuerdo vincula la salida de las FDI de la “zona de seguridad”, un área de más de 10 kilómetros entre la frontera israelí y los puestos de avanzada al norte del Río Litani, al desarme total de Hezbolá. No obstante, críticos al interior de Líbano señalan que las fuerzas armadas de su país no están en condiciones para ejecutar el desarme de la más grande milicia en el país, lo que en los hechos legitima tanto la presencia israelí en Líbano como los actos terroristas de un movimiento que se entiende a sí mismo como la resistencia a la ocupación.

En opinión del internacionalista Miguel Ramos Muñoz, especialista en Medio Oriente y profesor de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), lo acordado el pasado 26 de junio carece de la fortaleza para garantizar la paz en la región, pues no hay incentivos para el desarme de Hezbolá o para la salida de las fuerzas israelíes de Líbano.

“Este acuerdo no muestra un aliciente y por ello es muy probable que regresen los enfrentamientos; con ello se romperá este marco de seguridad del que Estados Unidos ha sido el mediador (…) Hezbolá no se va desarmar, esa es una realidad, la única manera es que Estados Unidos respete lo acordado con Irán para que al momento en que Teherán se vea beneficiado por esas negociaciones sean ellos los que limiten las acciones de su brazo armado en Líbano; Estados Unidos no va poder convencer a Hezbolá e Israel (…) solo su aliado puede convencerlo de limitar sus agresiones como un mecanismo de defensa propio”, explica el académico.

Naim Qassem, líder de la milicia chiíta, denunció el acuerdo al que llegó el gobierno libanés como una rendición que socava la soberanía del país y rechazó cualquier entendimiento similar. Por su parte, el brazo político de Hezbolá señaló que el trato con Israel no puede ser implementado porque se corre el riesgo de dejar la puerta abierta a las FDI para intervenir unilateralmente en Líbano en un futuro.

Benjamin Netanyahu ha enmarcado el acuerdo con Líbano como un “logro histórico” que fortalece la posición israelí, reafirma el apoyo estadounidense y debilita a Irán y a su principal aliado en la región.

El mandatario israelí prometió alcanzar seguridad en los límites con Líbano y aseguró que seguirá trabajando por una frontera tranquila como la que se vive en el sur, donde colinda con Gaza; sin embargo, Netanyahu se someterá a las urnas a finales de octubre y tanto él como su coalición enfrentan la posibilidad de dejar el poder en la siguiente elección.

El primer ministro ha tenido que defender su política de seguridad y las decisiones que ha tomado durante los múltiples conflictos que siguieron al ataque del 7 de octubre de 2023; sin embargo, su defensa no ha encontrado réplica en gran parte de la sociedad israelí.

Una encuesta realizada por un medio local señala que el 58 por ciento de los israelíes consideran que Netanyahu no debería ser primer ministro en el próximo gobierno y de acuerdo con el agregador de la revista Haaretz, la coalición que presenta solo tendría 53 escaños en la Knesset, de los 60 requeridos para formar gobierno después de las elecciones.

“Netanyahu mantiene su postura de defender el territorio israelí ante las amenazas, pero él es una figura muy controvertida y a pesar de mantener una buena base de apoyo al interior de su fuerza política las encuestas recientes indican que la gente no ve con buenos ojos su mandato (…) Para Netanyahu el acuerdo con Líbano es una victoria política porque busca desarmar a Hezbolá, y recordemos que al momento de las votaciones influye más el momento que la trayectoria de un político; si logra debilitar a Hezbolá, eso le daría un aumento en el apoyo popular”, señala el profesor Ramos Muñoz.

El académico menciona que pese a su impopularidad son los partidos de oposición quienes tienen en sus manos el futuro político de Netanyahu, pues si no logran articular un proyecto es muy probable que él permanezca en el poder.

Ante los augurios de las encuestas, Netanyahu ha anunciado su intención de formar un gobierno de coalición nacional que busca atrapar a los votantes de centro. También advirtió que si la oposición lo venciera en las siguientes elecciones, al no poder llegar tampoco a una mayoría legislativa, dependería de los partidos árabes para gobernar.