En 1982 Argentina vivía una crisis económica, política y social bajo la dictadura de Leopoldo Galtieri. Ante tal desgaste, la Junta Militar ordenó el desembarco de tropas en las Islas Malvinas el 2 de abril de ese año, para recuperar el territorio que reclamaban desde el siglo XIX y que estaba bajo control británico desde 1833. Así, un añejo reclamo popular fue convertido en acción militar.
La ocupación tuvo un amplio respaldo por quienes compartían la intención de recuperar las islas. Sin embargo, la respuesta británica desencadenó una guerra de 74 días que acabó con la rendición del país sudamericano y dejó 649 soldados argentinos muertos. La derrota aceleró el posterior desgaste de la dictadura y quedó registrada como uno de los episodios centrales de la memoria argentina contemporánea.
Para el escritor y ganador del Premio Alfaguara 2016, Eduardo Sacheri, existe una diferencia entre la presencia de las Malvinas en el imaginario argentino y la memoria de la guerra. Las islas forman parte de la identidad, del reclamo territorial, pero el conflicto bélico ha sido menos abordado. Una de las razones para ello es el papel que tuvo la sociedad al respaldar la decisión de la dictadura.
“Mi interpretación es que la guerra nos es muy incómoda. No tanto por la derrota, que en el fondo toda derrota es incómoda, sino sobre todo por el rol que tuvo la sociedad en apoyar la iniciativa militar durante la dictadura”.
En su novela “Qué quedará de nosotros” (Alfaguara, 2025), Sacheri busca humanizar a los soldados que participaron en la guerra de las Malvinas. Volver al pasado, mostrar las historias y regresar al presente con mejores armas de comprensión.
“Tal vez para observadores menos apasionados que los argentinos era muy evidente la intención de la dictadura militar de utilizar la recuperación de las islas como una manera de ganar oxígeno político. No lo vimos, y al no verlo, convalidamos una acción que era sumamente riesgosa y demostró ser absolutamente inconveniente”, precisa el también historiador.
En ese sentido, Sacheri encuentra una diferencia con la represión y las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura: mientras esos crímenes pueden atribuirse directamente al aparato estatal, en la guerra existió un respaldo social a la decisión de la Junta Militar. Para el escritor, esa participación en el error ayuda a explicar por qué el conflicto ha resultado tan incómodo de abordar durante décadas en las artes y en la reflexión pública y política.
Humanizar la guerra de las Malvinas
Sacheri refiere que la ciencia social conlleva una búsqueda de sentido con método, con rigor, con un espíritu distante y objetivo, pero la literatura lo hace de manera más libre, más emocional. Por ello, explica que su literatura sugiere el tema de las Malvinas para dialogar en colectivo, con una intención de reparación posible.
Una forma de comprender es asimilar el particular vínculo de Argentina con las Malvinas: no hay arraigo con sus habitantes, con su historia o tradición, sino con su territorio. El también ganador del premio Oscar (por coescribir el guión de la película “El Secreto de sus ojos”, basada a su vez en su novela “La pregunta de sus ojos”), explica que desde su proceso de documentación pretendía retratar las situaciones personales frente a la guerra, en el marco de la relación única con este territorio.
“Hay una enorme complejidad en la situación colonial de las islas: la Argentina reclama el territorio, pero sus habitantes -a diferencia de un territorio colonial más habitual cuyos habitantes desean cambiar de territorio soberano- prefieren seguir siendo británicos, entonces eso agrega una dosis adicional de tensión”.
En la trama, Sacheri no solo retrata las penurias, el frío, el hambre y el miedo a la muerte a través de la historia de tres jóvenes, también las tensiones éticas, la fragilidad de la autoridad militar y el lazo de la lealtad humana ante un escenario mortalmente adverso. Todo ello cruzado por la misión gubernamental de recuperar territorio para ensalzar la patria, algo muy propio de Latinoamérica, refiere Sacheri.
“En Sudamérica nuestro concepto de nación está muy atado al territorio. Son naciones muy jóvenes donde los conflictos bélicos han tenido que ver siempre con el territorio. No hay disputas religiosas ni de otra índole. La especificidad de Malvinas es que no es entre dos sudamericanos, sino un sudamericano y una potencia mundial. Pero el territorio, a falta de una tradición de cientos de años y una historia compartida antigua, se carga de sentido simbólico”, sostiene el escritor.
La trama retrata también las consecuencias de un cálculo político que, sostiene Sacheri, no dimensionó las condiciones de un archipiélago en medio del océano, y cómo el frío y la soledad debilitaron a los soldados argentinos desde el desembarco.
“La sociedad argentina los llevó simbólicamente en andas cuando parecía que todo iba a salir bien y los dejó muy solos cuando todo empezó a salir mal (…) Logísticamente quedaron hambrientos, aislados, indefensos, con uno de los ejércitos más poderosos del mundo y, en esas condiciones, tuvieron que decidir si combatían o no”.
Las lecciones del conflicto de 1982
Sacheri rescata varias lecciones de aquella etapa: la primera es que Argentina no es una sociedad bélica. Un ejemplo es el acuerdo alcanzado con Chile, apenas dos años después de la guerra, por los límites territoriales.
Otra lección es valorar a los veteranos de guerra, que con el paso de los años se les dio su lugar y la sociedad argentina reconoció su esfuerzo y sacrificio.
“La sociedad argentina tiene una actitud nostálgica y ubica un cierto paraíso en el pasado, un paraíso perdido. Aunque los argentinos no coinciden en cuándo se perdió el paraíso, sí coinciden en que se perdió. Y hay una asociación en que recuperar las Malvinas sería un paso importante en la reconstrucción de esa grandeza”.
Para Sacheri, entender lo que queda del conflicto 44 años después implica tomar distancia de las pasiones que pueden presentarse como patriotismo o algarabía popular, especialmente ante el riesgo de manipulación política. También supone hacerlo en medio de conflictos actuales donde la soberanía adquiere nuevos significados, como ocurre con la disputa por la explotación de petróleo en las islas, que ha llevado al Gobierno argentino a emprender acciones contra las empresas extranjeras que participan en el proyecto.
“Ojalá mi novela ayude a tomar distancia de las pasiones más desbordadas. El niño que yo fui a los 14 años participó de esa algarabía, de esos festejos, de esa ilusión, de esa casi frivolidad de no medir las consecuencias. Todo lo que hacemos tiene consecuencias. Si un niño de 14 años en esta novela puede asumir esa idea, para mí es algo bueno”.