Reino Unido.- Al noroeste de Inglaterra, un pueblo de poco más de 76 mil personas eligió al que podría ser el próximo primer ministro de Reino Unido: Andy Burnham, exalcalde del Gran Manchester y quien ganó un escaño en la Cámara de los Comunes con el único objetivo de pelear el liderazgo de su partido a Keir Starmer, quien tras dos años de gobierno ha enfrentado críticas por su mal desempeño al frente del país.

En una elección extraordinaria, para la que tuvo que renunciar el parlamentario de ese distrito, Burnham regresó al Parlamento con la ambición de convertirse en primer ministro al retar a Starmer por la dirigencia del Partido Laborista.

Con el apoyo de la mayoría de la bancada laborista en la Cámara de los Comunes, Burnham no debería tener problemas en obtener el liderazgo si este fuera sometido al voto; sin embargo, para evitar las transiciones caóticas que caracterizaron a los gobiernos del Partido Conservador, el equipo de campaña del recién electo miembro del Parlamento le ha aconsejado negociar la “coronación” con Starmer.

Reconocido como el político más popular de Reino Unido, Burnham es la figura más prominente del Partido Laborista y durante su campaña para la representación de Makerfield, utilizada como plataforma para su salto Downing Street, llamó por la reindustrialización de Reino Unido; reformas en educación y el fin a las políticas neoliberales que han echado raíces en el país.

Su voluntad por mover a su partido hacia la izquierda, incluso hablando de un manejo más intervencionista de la economía, surge como una respuesta a las propuestas de partidos populistas de extrema derecha que han visto los resultados del primer gobierno laborista en 15 años como una oportunidad para movilizar su agenda extremista. Más aún, estas propuestas, hechas tanto a sus simpatizantes como a sus compañeros de bancada, representan un quiebre con las políticas centristas que convirtieron a Starmer en primer ministro durante la elección general de 2024.

El legado de Keir Starmer al frente de Reino Unido

A menos de dos años de haber entrado al 10 de Downing Street y relevar 15 años de gobiernos conservadores, Starmer se enfrenta a presiones para renunciar, provenientes desde su propia fuerza política.

Electo en una campaña que prometía “detener el caos” en el que los tories habían sumergido a Reino Unido, el primer ministro fijó una lista de prioridades que buscaban mejorar la vida de las personas comunes y que, como consecuencia, tendrían una repercusión positiva en el desarrollo del país; sin embargo, su gobierno ha estado marcado por un bajo crecimiento económico, inflación y un desencanto con las medidas propuestas por el primer ministro.

En los primeros días de su gobierno, Carney anunció medidas para promover la pequeña y mediana empresa, proteger a los trabajadores y aumentar los salarios; sin embargo, con una inflación del tres por ciento el salario real de los británicos, creció por debajo de la media anual. Sumado a lo anterior, el crecimiento del PIB de tan sólo 1.4 por ciento es el menor comparado con el resto de las economías del G7, y tanto el Banco de Inglaterra como el Fondo Monetario Internacional esperan que la guerra en Irán desacelere aún más la economía.

Al interior de Reino Unido, la popularidad de Starmer ha descendido por debajo del 20 por ciento, mientras que el 74 por ciento de los adultos británicos califican negativamente su desempeño al frente del país; un aumento de 30 puntos en dos años.

Partido Laborista llama por la destitución de Starmer

La desaprobación de su gestión impactó al Partido Laborista durante las elecciones locales de principios de mayo, donde perdieron casi mil 500 puestos de representación popular, y motivó a voces de izquierda de su partido a llamar por la renuncia del primer ministro. Pese a ello, Starmer reiteró que se mantendría en su cargo.

En opinión de la internacionalista Norma Soto Castañeda, profesora del posgrado en Negocios Internacionales de la Universidad La Salle, la mejor opción para el primer ministro y su partido sería evitar una lucha por la dirigencia con una salida elegante en la que Starmer entregue el poder a un miembro más querido de su partido.

“La situación económica, política y social hacen a Starmer tener que presentar su renuncia; no tuvo los resultados y su popularidad ha caído, lo más ético sería dar un discurso elocuente y retirarse del poder para que otra persona ocupe el cargo (…) Cuando hay problemas económicos y no se resuelven, entonces se presentan problemas sociales y eso le resta apoyo político. Desde el punto de vista económico se presenta una estanflación, un crecimiento bajo con una inflación alta, y aunque el génesis de este problema es el Brexit, Starmer no logró emplazar políticas internas y establecer relaciones externas para el desarrollo; le faltó experiencia profesional”, dice la académica.

En defensa de su gobierno, el primer ministro ha recordado sus logros al evitar un agudizamiento de los problemas del sector salud, donde redujo el tiempo de espera para ver a un especialista del Servicio Nacional de Salud; sin embargo, una encuesta encomendada por la revista The Economist señala que aunque hubo reducción en los tiempos de espera ésta no fue la prometida y, aunado a ello, los pacientes prefieren que las reducciones en las filas se hagan primero en las salas de emergencia y atención primaria.

La profesora Soto Castañeda menciona que la falla en sus políticas responde a un mal diagnóstico de prioridades, pensadas como soluciones inmediatas a problemas complejos, y que cualquier político que llegue a la oficina del primer ministro tendrá que optar por una visión más panorámica que logre primero la confianza del público para con ello buscar el desarrollo de Reino Unido.